Portrait of Amalfi Ramirez Finnerty

“I cried every single day for an entire year after arriving in the U.S. I knew we were never going back.”

Amalfi Ramirez Finnerty is an artist.

19. City Hall_Carpe Diem AlmafiMy mother named me Amalfi. My father’s family name was Ramirez and my husband’s family, Irish immigrants, name is Finnerty.

Art is my life. I paint and teach.

Adventure was a great motivator for my parents’ decision to leave South America.

I was nine when they with my two brothers and I left Caracas, Venezuela. I cried every single day for an entire year after arriving in the U.S. I knew we were never going back.

Travel was natural for my Andean mother and Caribbean father. As a teen, my mother left the Andes and moved to the city. My father had always been on the move. He left the Dominican Republic, traveled to Aruba then on to Venezuela. At that time, he was also visiting his childhood friend who lived in “America.” So it seemed a natural progression when he returned from one of the trips to the U.S. and informed us that we were all moving to Philadelphia.

Caracas was cool and crispy the morning we left. My grandmother had traveled fourteen hours from the Andes to Caracas to say goodbye the day before we were leaving. Even after the long trip, she set out to make us one last supper. She had brought with her on the bus a pot of Pisca Andina, a soup more like a stew made of chicken, potatoes, carrots, and eggs. We ate some and watched her prepare Pabellón criollo, the typical Venezuelan dish full of colors and flavors—shredded beef, white rice, black beans accompanied by slices of sweet plantain. My grandmother let us know she was actually making Pabellón Andino, the Andean version which substitutes the sweet plantains for the crispy fried plantains called tostones. And in the morning she got up before any of us to prepare Arepas con Perico: cornmeal flat breads filled with scrambled eggs, onions, tomatoes and peppers. With our bellies full and her rosary gifts in hand, we went to the airport. I remember having the window seat in the Pan Am airplane and seeing my grandmother standing on the tarmac waving goodbye.

It was the last time I saw her.

We arrived in New York. It was February. My father’s friends were waiting. They ran to us with thick bundles of fabrics of various textures, wool, fur, tweed. They said we had to put these on because it was cold and snowing. Everything seemed surreal. Then we all got in a car and drove to Philadelphia.

Parents on the move created a person bitten by the travel bug. In my adult life, I have lived in Italy for three years, four years in France, and a Fulbright year in England. I have traveled most of Europe and throughout the United States. I have also spent extended time in Egypt, Sudan, Kenya, Morocco, Mexico, Ecuador, and Peru . . . and got stuck in Moscow for four days once. I love traveling. It is my favorite thing. To be on the move makes me feel peaceful.

Most of my early artwork was done during my travels.

I do not feel pulled by different cultures. I think it has helped that I arrived in the U.S. at the age of nine. Sometimes I tell people that I am the real American. I’m from South America, my father was a Caribbean American and I grew up in North America.

I also feel that I have integrated all my cultures, the Andean, the Caribbean, the European, the American, the traveler and the one who makes herself at home wherever she goes.

I have included one of my paintings called “Carpe Diem” because it expresses the idea that my parents, by the act of immigrating, taught me to seize every opportunity to explore.

Spanish translation by Amalfi Ramirez Finnerty


“Lloré todos los días durante todo un año después de llegar a los Estados Unidos. Sabía que nunca regresaríamos”.

Amalfi Ramirez Finnerty es un artista.

Mi madre me llamó Amalfi. El apellido de mi padre era Ramirez y la familia de mi marido, inmigrantes Irlandeses, es Finnerty.

El arte es mi vida. Yo pinto y enseño.

La aventura fue un gran motivador con la decisión de mis padres de abandonar Sudamérica.

Tenía nueve años cuando ellos y mis dos hermanos salimos de Caracas, Venezuela. Lloré todos los días durante todo un año después de llegar a los Estados Unidos. Sabía que nunca volveríamos.

El viaje fue natural para mi madre Andina y mi padre Caribeño. Cuando era adolescente, mi madre dejó los Andes y se mudó a la ciudad. Mi padre siempre había estado en movimiento. Se fue de la República Dominicana, viajó a Aruba y luego a Venezuela. En ese momento, también visitaba a su amigo de la infancia que vivía en “América”. Por lo tanto, parecía una progresión natural cuando regresó de uno de los viajes a los Estados Unidos. Y nos informó que todos nos hibamos a mudar a Filadelfia.

Caracas estaba fría y crujiente la mañana que nos fuimos. Mi abuela había viajado catorce horas desde los Andes a Caracas para despedirse el día antes de que nos fuéramos. Incluso después del largo viaje, ella se dispuso a hacernos una última cena. Ella había traído con ella en el autobús una olla de Pisca Andina, una sopa más parecida a un guiso hecho de pollo, papas, zanahorias y huevos. Comimos algo y la vimos preparar Pabellón criollo, el típico plato venezolano lleno de colores y sabores: carne de res desmenuzada, arroz blanco, frijoles negros acompañados de rodajas de plátano dulce. Mi abuela nos dejó saber que estaba preparando Pabellón Andino, la versión andina que sustituye los plátanos dulces por plátanos fritos crujientes llamados tostones. Y a la mañana siguiente se levantó antes que cualquiera de nosotros para preparar Arepas con Perico: panes planos de harina de maíz rellenos con huevos revueltos, cebollas, tomates y pimientos. Con nuestros estómagos llenos y sus regalos del rosario en la mano, fuimos al aeropuerto. Recuerdo tener el asiento junto a la ventana en el avión de Pan Am y ver a mi abuela parada en la pista de aterrizaje diciendo adiós con la mano.

Fue la última vez que la vi.

Llegamos a Nueva York. Era febrero. Los amigos de mi padre estaban esperando. Corrieron hacia nosotros con brazos llenos de telas de diversas texturas, lana, pelo, tweed. Dijeron que teníamos que poner esto porque hacía frío y nevaba. Todo parecía surrealista. Luego todos nos metimos en un automóvil y nos fuimos a Filadelfia.

Padres en movimiento crearon una persona amante al viaje. En mi vida adulta, he vivido en Italia durante tres años, cuatro años en Francia y un año Fulbright en Inglaterra. He viajado la mayor parte de Europa y de todos los Estados Unidos. También he pasado más tiempo en Egipto, Sudán, Kenia, Marruecos, México, Ecuador y Perú. . . y una vez quede atrapada en Moscú durante cuatro días. Amo viajar. Es mi cosa favorita, estar en movimiento me hace sentir en paz.

La mayoría de mis primeras obras de arte se realizaron durante mis viajes.

No siento conflicto con mis diferentes culturas. Creo que me ha ayudado que llegue a los Estados Unidos a la edad de nueve años. A veces le digo a la gente que soy la verdadera Americana. Soy de América del Sur, mi padre era caribeño y crecí en América del Norte.
También siento que he integrado todas mis culturas, la andina, la caribeña, la europea, la estadounidense, la viajera y la que se siente en casa adonde quiera que vaya.

He incluido una de mis pinturas llamada “Carpe Diem” porque expresa la idea de que mis padres, por el hecho de emigrar, me enseñaron a aprovechar todas las oportunidades y explorar.

Portraits of People on the Move tells the stories of Philadelphia-area immigrants through their own words on the Supperdance.com blog and was first shown as an exhibition June 25–28, 2015, at the Gray Area of Crane Arts in Philadelphia. The exhibition was created as a companion work to Supper, People on the Move by Cardell Dance Theater, a dance inspired by themes of migration.

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